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Profecías catastróficas

Andrea es un abogado de éxito, viene a pedir ayuda por una situación fuertemente conflictiva que vive con su hijo Héctor, de 17 años (…) El hijo, que siempre se había dejado guiar por su padre (…) sostenía que ya era grande y capaz de organizarse en autonomía, pero a pesar de ello Andrea continuaba interviniendo diariamente. Ha sido su mujer quien lo ha obligado a venir a mi (…)

Después de haber escuchado su historia, le pregunto si el rendimiento de Héctor desde que se organiza solo ha sido tan desastroso como para necesitar sus continuas intervenciones. Andrea suspira y responde:

Hasta ahora se las organiza, en algunas materias muy bien, pero yo siempre estoy aterrorizado por si fracasa y se arruine la vida. Es algo superior a mi: solo la posibilidad de que una prueba o una tarea puedan ir mal me genera una angustia incontenible. Mi mujer ya no puede escucharme más, porque prácticamente no hablo de otra cosa (…)

Andrea vive sumido en la angustia, controla constantemente el registro electrónico en espera del terrible momento en que llegue una nota mala, y no resiste a la tentación de controlar que su hijo estudie suficiente.

El recuerdo de sí mismo

Le pregunto que cómo se explica el hecho de que en la familia el único angustiado por el rendimiento escolar sea él (…) “La verdad es que Héctor me recuerda mucho cómo era yo de niño”. Cuenta que ha crecido en una familia donde el más mínimo error se consideraba absolutamente intolerable (…) Andrea ha crecido esforzándose muchísimo, obteniendo siempre los mejores resultados, pero siempre con el terror de poder fallar en algo. “Para mi el más pequeño error es la demostración de no valer nada, es deprimirse y arruinarse irremediablemente la vida. Y ahora temo que le pase a mi hijo, que lo veo incluso más inseguro de lo que lo era yo a su edad” declara angustiado (…)

“Según lo que me ha contado, piensa que nuestra intervención se debe concentrar en mejorar la relación con su hijo o en superar su angustia respecto al fracaso?” “Tiene razón mi mujer, es en mi en quien debo trabajar”

Puedo ya pasar a prescribir las primeras indicaciones:

Conjura de silencio

Sabe, a pesar de lo que se piensa habitualmente, que hablar de lo que lo atormenta es liberador y terapéutico, las cosas funcionan al revés: cuanto más habla de sus miedos y angustias, más los hace empeorar. Es como si echase a una planta un fertilizante especial: lo hace crecer. Por tanto, de aquí a cuando nos volvamos a ver, le pido que respete, también con su mujer, lo que llamamos una conjura de silencio, es decir, evitar hablar de lo que teme.

Lanzarse profecías catastróficas

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La angustia de Casandra al lanzarse profecías catastróficas

La segunda indicación tiene que ver con esa angustia que tiene siempre, esa especie de voz que cada día lo atormenta y le profetiza desastres. Es como si en usted viviera una especie de Casandra, la agorera de la Grecia antigua que tenía el don, o mejor la condena, de profetizar desastres, y lo atormentara todo el día.

Quiero que todas las mañanas, al despertar, convoque a su Casandra y le haga decirle todas las previsiones catastróficas de ese día. Escriba todas las cosas terribles que podrían suceder a su hijo y a usted en el caso de que fracasárais, describiéndolo en detalle. Escriba todas las sensaciones que sienta, toda la angustia más opresiva y déjelas allí, en el papel. Por la noche, antes de dormir, controle si algunas de estas previsiones catastróficas se han cumplido. En ese caso, ponga una cruz. Veamos cómo de fiable es esta Casandra.

Andrea acepta de buen grado.

Liberado de un peso

A la siguiente sesión vuelve decididamente aliviado. Me enseña su “Casandrita”, hojas llenas de profecías en las que no aparece ninguna cruz. Pero cómo, le digo, ¿su Casandra no ha acertado nunca? ¡Increiblemente no!, responde entusiasmado. Me cuenta que en esas semanas se ha sentido decididamente mejor, el hecho de escribir por la mañana todas las profecías catastróficas y de no hablar de ello más le ha hecho sentir más ligero y sereno durante el día. Y cuando se ha dado cuenta de que ha cometido alguna pequeña imprecisión en su trabajo, que antes le habría generado una angustia terrible, la ha aceptado de buen grado.

Es como si me hubiese sentido liberado del peso de tener que ser impecable con todo. Después de todos los objetivos profesionales que he conseguido, ¡creo que puedo ya permitirme algún errorcito! (…)

Lo vuelvo a ver tras un mes: Casandra ya se ha cansado de profetizar. La vida en familia finalmente se serena: Héctor procede con autonomía (…) y ha pedido a su padre si yo lo puedo ayudar ahora a resolver sus propias dificultades para relacionarse con los demás. “¡Si esa doctora ha conseguido que dejes de estresarme es que de verdad debe ser buena!”

 

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(Extraído y traducido de aquí)

 

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