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Tras la primera oleada de contagios, no se sabe si la última, nos encontramos a partir de ahora en una fase que será aún más dramática para muchos. Comienza la desescalada, el desconfinamiento, y una nueva serie de problemas que requerirán la ayuda del psicólogo.

Probablemente, nos encontremos con algunas actitudes extremas con respecto al peligro y la amenaza que aún existe, puesto que el virus no se ha ido: la de la sobreprotección de uno mismo y de los demás y la del descuido, la del desaprensivo (por ingenuidad o por irresponsabilidad).

Como decía Paul Watzlawick, todo lo extremo forma parte de la patología.

El sobreprotector e hipercontrolador

El confinamiento en casa ha resultado para muchos, aquellos a los que la enfermedad no ha tocado de cerca, incluso una etapa de relativa tranquilidad. Y esto es así porque la casa les proporcionaba la seguridad que necesitaban frente al virus. Como en un gran vientre materno, la realidad y el peligro estaban claramente localizados fuera. Dentro todo estaba bajo control.

Sin embargo, el desconfinamiento modificará, sin duda, esta percepción de seguridad, y hará saltar las alarmas del fóbico y el obsesivo. El fóbico tenderá a evitar la calle o ciertas situaciones (el llamado “síndrome de la cabaña”) y el obsesivo redoblará su control y precaución, o desarrollará rituales protectores que le permitan recuperar la calma que la nueva situación le arrebata.

La reestructuración de la inmunidad: la debilidad física

Pero tenemos que tener en cuenta todos que lo que ha supuesto un remedio momentáneo, el del confinamiento, si lo mantenemos en el tiempo pasará a convertirse de bueno en maléfico. Como sucede con cualquier medicina, todo es cuestión de darse la dosis adecuada para no generar más daños que beneficios.

Y esto es así porque la verdadera fortaleza nunca la ha conseguido la raza humana, o cualquier otra especie, protegiéndose de los cambios del ambiente, evitándolos, sino adaptándose a ellos para evolucionar. Es la ley para la supervivencia de una especie.

Pensemos en las tribus más aisladas del amazonas, supuestamente más protegidas de enfermedades por estar lejos de la civilización. En realidad son las más vulnerables y cualquier estornudo fortuito de un visitante podría erradicarlas. Porque el aislamiento solo ha aumentado su vulnerabilidad y limitado la capacidad de respuesta y defensa de su organismo.

Estar a salvo de miles de enfermedades es algo que ha conseguido nuestra especie gracias a la experiencia de la inmunización y la creación de anticuerpos ante la presencia de antígenos en sangre. La propia vacuna supone una exposición a pequeñas dosis de la enfermedad.

Es importante esta reestructuración de la inmunización porque ayudará a muchos a sentirse menos débiles y vulnerables cuando tengan que exponerse con temor a cargas víricas reducidas en el supermercado o en el sofá de la casa de un amigo: “en pequeñas dosis me fortalece”.

La debilidad psicológica

Pues bien, esto que sucede a nivel físico también sucede a un nivel más psicológico. La evitación y el exceso de precaución también generan más debilidad psicológica. La evitación de aquello que uno teme solo aumenta el temor a lo que se teme. Y esto es algo que el fóbico podría repetirse cada mañana, a modo de recordatorio aversivo. Cuanto más nos protegemos, más nos asustamos y limitamos en consecuencia.

Se trata de conseguir un término medio entre la protección extrema, que me impide salir de casa, por ejemplo, cuando llega la hora de recuperar mi vida (cuando los demás lo están haciendo ya y yo me quedo rezagado), y el descuido, que me hace olvidar la mascarilla, los guantes o la distancia de seguridad pese a que el virus sigue al acecho.

Incluso el obsesivo que aumenta sus controles y manías también cae, sin darse cuenta, en una psicotrampa que lo acaba por debilitar. Cuanto más se enreda en complejas ritualidades, más se descuida de las precauciones realmente necesarias. Cuanto más se preocupa por repetirse fórmulas mentales tranquilizadoras cuando camina, por ejemplo, más se acerca por descuido a potenciales contagiadores.

Todo los extremo y rígido es patológico, repito, y nos pone en una situación de tremenda debilidad.

El descuidado desaprensivo

El otro polo opuesto es el de aquel que, pese a las evidencias, los peligros de salud y económicos que la Covid-19 nos ha arrojado a traición por la espalda, mantiene una actitud descuidada e irresponsable. Tal vez por una tendencia a sobrestimar su fortaleza física y la de su familia o una tendencia a infravalorar al virus.

Aunque el propio virus se ha encargado en muchos casos de zarandear personalmente a los desaprensivos (recordemos el llamativo caso del propio primer ministro del Reino Unido, por poner un ejemplo), no cabe duda de que esta irresponsabilidad o ingenuidad va a suponer un tremendo peligro.

La reestructuración de la libertad

I.Kant

Y en muchos casos esta irresponsabilidad se debe a un concepto mal entendido de lo que supone la libertad. Ya sabemos, o deberíamos saber, que nuestra libertad termina donde empieza la del que está al lado. Esto significa, como repetía Kant, que no somos libres (“No hemos nacido para ser libres sino para vivir con dignidad”), que solo tenemos derecho a la porción de libertad que no haga daño a mi vecino.

Y de lo que muchos no se dan cuenta es de que el virus (el medio) nos ha recortado esa libertad. Porque con mucho menos ahora hago mucho más daño. Es una rigidez perjudicial, por tanto, pensar que puedo seguir haciendo las cosas que hacía antes pese a que mi ambiente ha cambiado. Y es un problema para la evolución como especie y como individuo. Una peligrosa falta de flexibilidad que imposibilita la adaptación.

Conclusiones

Este virus sorprendente tiene la extraña habilidad de señalar, con su pequeño tamaño, errores garrafales. Y lo hace con tremenda habilidad, tanto a nivel social como individual.

Nos está imponiendo el desarrollo de una conciencia social y ambiental que permita protegernos unos a otros. Es como si estuviésemos inmersos en el conocido dilema de los prisioneros y salvar la situación solo fuese posible si aprendemos a confiar en el otro, y que el otro a su vez confíe en que yo confío en él. Yo te protejo a ti, confío en que tú me protegerás a mí y confío en que tú confiarás en que yo te proteja a ti. Y así superaremos la situación, como la superaron los prisioneros.

Pero este problema ya no es tanto objeto de la psicología. Lamentablemente se convierte en objeto y objetivo de la selección natural.

Escuchemos, por tanto, las advertencias. Pongamos la atención en las nuevas exigencias.

Reestructuremos nuestras mentes y a los que tenemos cerca, porque es momento de evolucionar.

 

ALICIA GARCÍA AGUIAR

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