Trastornos psicológicosTraumas, duelo y lutoLa experiencia del duelo y el luto
La perdida

La pérdida de una persona amada es una de las experiencias más intensas que la vida nos puede reservar, ya que penetra en la profundidad de nuestra persona, trastoca nuestras emociones, modifica la percepción de nuestra realidad y altera, incluso, nuestro aspecto físico.

Dos son los términos que se utilizan habitualmente para describir las reacciones que acompañan la experiencia de la pérdida definitiva de alguien: duelo y luto. En el lenguaje corriente estos dos términos son equivalentes y se utilizan sin ninguna distinción, pero existen matices de significado.

Duelo y luto

Duelo deriva del latín cor-dolium y significa “corazón que duele”; esta aparente metáfora indica tanto el sufrimiento en el plano físico (el espasmo del corazón) como el psíquico, el dolor por la ausencia. No logramos, por tanto, pensar en una palabra que pueda ser más representativa que ésta de todo el proceso de reacciones y aturdimiento interior experimentado por quien vive la pérdida.

Luto, del latín lugere o “llorar”, debería utilizarse para definir el conjunto de prácticas y procesos de naturaleza social, cultural y religiosa que manifiestan y representan el sufrimiento por la pérdida.

El luto no es en sí mismo un estado patológico, aunque vaya acompañado por sensaciones y emociones devastadoras; no es ninguna enfermedad. Se trata de una herida y, como tal, requiere cierto tiempo de cicatrización que depende de una compleja serie de variables.

Lo que distingue al luto patológico del normal es el bloqueo que se produce en alguna de las fases de la compleja elaboración del dolor y la pérdida.

En definitiva, lo que ocurre en los lutos no resueltos es que las fuertes sensaciones provocadas por la pérdida en lugar de producir cambios, evoluciones y movimientos (que aunque dolorosos están en la base de una sana elaboración del luto), llegan a paralizar el camino.

Reacciones ante la muerte de un ser querido

En general, la primera reacción frente a la muerte de alguien a quien amamos es un estado de shock. Este skock se expresa como una sensación de aturdimiento, atontamiento y pérdida de ánimo. Se trata de una reacción natural y de defensa de nuestro organismo que atenúa el golpe infligido por el trauma. Esta evidente incapacidad de comprender cuanto ha sucedido y de momentánea pérdida de contacto con la realidad es por lo general de breve duración y se alterna sucesivamente con momentos de negación, rechazo, dolor y desesperación.

También el cuerpo reacciona manifestando astenia, inapetencia (con la consiguiente disminución de peso corporal), dificultades de concentración, respiración y comunicación. Pasado el aturdimiento, la muerte se vive como un hecho inaceptable y es precisamente en esta fase cuando se asiste a los accesos más intensos de desesperación, rabia y agresividad.

Estas emociones pueden trastocar como potentes olas, alternándose y dejando a la persona rota y abatida. O pueden permanecer y enraizarse por más tiempo, llegando incluso a impedir que la persona vaya más allá y se emancipe respecto a su propio dolor, aprisionándola en su pasado y manteniéndola lejos de un presente que se vive como insoportable.

Buscando sentido al dolor

Como sabemos, en el transcurso de nuestra vida tenemos constantemente necesidad de encontrar un sentido a las cosas. Y no pensamos que sea posible asignar racionalmente un sentido al dolor. Sin embargo, sí es verdad que, en palabras de Nietzsche, “lo que no mata fortifica“; es decir, que la experiencia de la pérdida también puede convertirse, al mismo tiempo, en fuente de tormento y de cambio.

Aunque tal vez parezca atroz, se puede llegar a entender que la pérdida que nos hace sufrir y desgarra, y que pone patas arriba nuestro orden interno y externo, nos obligue de todas formas a profundos cambios que sólo advertimos después. Esto ocurre en cada experiencia de relación y afectiva que vivimos y experimentamos con los demás. Porque “el dolor nos recoloca en medio de las cosas de una nueva manera” (C. Rebora).

 

Para profundizar: “Cambiar el pasado. Superar las experiencias traumáticas con la terapia estratégica“. Cagnoni, Milanese. Herder

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