"La soledad"Artículos destacadosOtros trastornosTraumas, duelo y lutoSentirse solo

Recientemente, dos importantes autores se han interesado por el tema: el primero es John T. Cacioppo (2008), que, desde su perspectiva cognitiva, explora los mecanismos de la soledad partiendo de una distinción aparentemente banal, pero que cobra mucho sentido por los efectos que produce en el individuo: la diferencia entre estar realmente solo o sentirse solo.

Estar solo o sentirse solo

El autor especifica que, desde un punto de vista psicológico, la primera forma de soledad, que podríamos considerar objetiva, es bastante menos importante, en cuanto a sus efectos sobre la persona, que la subjetiva, en la que se vive la sensación de estar solo.

Se puede experimentar ese estado de ánimo estando entre mucha gente, hiperconectado a las redes sociales o en una situación real de aislamiento. Eso significa que la percepción subjetiva de la persona en ese momento es la que establece la diferencia, para bien o para mal.

Sentirse solo

Cacioppo analiza sobre todo los efectos devastadores del hecho de “sentirse solos” mostrando que las personas que viven en un estado de marginación social, al ser sometidas a una prueba de diagnóstico por la imagen, presentan una activación de las mismas zonas cerebrales que las personas que padecen un dolor físico (…) Esto es una confirmación más de que el dolor psicológico produce auténticos efectos fisiológicos (…)

Una fuente de dolor

En palabras de Cacioppo: “Privarse de la relación con los demás provoca un desgarro genético que se expande por nuestro ser hasta invadir las emociones”. Afirmación hecha ya por John Bowlby (1980) y René A. Spitz (1965), y años antes, por Melanie Klein (1959). Si esto es indudablemente cierto en los casos en que el aislamiento provoca una sensación de trágica soledad, y este sufrimiento psicosocial activa a su vez la biopsicológica emoción primaria del dolor (Nardone, 2019), lo es en función de la percepción individual. Y no necesariamente de la marginación social objetiva, que puede ser buscada deliberadamente por el individuo como viaje místico o práctica de liberación personal, como en el caso del budismo.

La postura teórico-práctica de Cacioppo también está confirmada por sus recomendaciones terapéuticas contra el mal de la soledad:

  • relacionarse con personas semejantes a nosotros
  • ser conscientes de nuestros propios errores relacionales
  • evitar el aislamiento
  • abrirse a los demás
  • expandirse o esperar lo mejor

Son recomendaciones clásicas de tipo psicológico-social de influencia estadounidense, basadas en una racionalidad que añade muy poco a las recomendaciones habituales.

Sentirse solo: un proceso iniciático

Defendiendo posturas aparentemente antagónicas, pero basadas en la misma orientación teórica -aunque más desviadas hacia el aspecto cognitivo que al conductual- hay que citar a otros psicólogos estadounidenses como Daniel Goleman, Paul Ekman y el fundador de las llamadas neurociencias afectivas, Richard J. Davidson.

Partiendo justamente de los estudios sobre el funcionamiento del cerebro y abrazando, como los otros dos, la fe budista tibetana, este último (Davidson y Begley, 2012) interpreta la soledad como un proceso iniciático obligatorio que, mediante la práctica de la meditación, lleva al individuo a desarrollar la capacidad de experimentar “compasión” por el otro y por el mundo tras haberla conquistado respecto de sí mismo (…)

Daniel Siegel (2018), otro ilustre representante de este enfoque, propone incluso una ciencia de la empatía como proceso estructurado de la práctica de mindfulness combinada con las técnicas tradicionales cognitivo-conductuales (…)

Sentirse solo: paso fundamental para la construcción de una personalidad capaz

Antonio Lo Iacono, eminente académico italiano y psicoanalista freudiano, se ha dedicado al estudio de la psicología de la soledad (2003). Y ha trazado una imagen detallada de este fenómeno (…) La frase de Schiller que cita Nadie es más fuerte que el que está solo es el principio que inspira su idea de que la soledad representa un paso fundamental en la construcción de una personalidad capaz y resiliente. Negar la soledad es negarse a sí mismo: con esta afirmación, Lo Iacono se distancia claramente de los enfoques psicosociales de raíz anglosajona (…)

“Nadie es más fuerte que el que está solo”, dice Schiller

Cuando afirma que dependemos del control de los demás y del control sobre los demás, Lo Iacono señala, en efecto, una de las raíces modernas de la soledad como sufrimiento: la manía del control sobre todas las cosas que el hombre cree ejercer.

Para confirmar el alcance de esta deformación, cabe mencionar la codificación, por parte de algunos autores cognitivo-conductuales, del cuadro clínico de nominado autofobia, que significa miedo a la soledad, completado con indicaciones terapéuticas para superarlo. Una especie de vademécum para la negación de la soledad.

Sigmund Freud diría que lo que se activa es un mecanismo de defensa para protegerse de algo que no se puede combatir.

La tradición psicológica europea: la soledad es ineludible

En cambio, según la tradición psicológica europea, la soledad es un fenómeno que se considera un supuesto esencial de la existencia (…) Una condición que nadie ha soñado nunca con poder eludir (…)

La soledad se considera nuestra sombra, algo de lo que nunca podremos desembarazarnos, de modo que resultan muy ilustrativas las palabras de William Shakespeare:

Loco es aquel que quiere expulsar su propia sombra y se pierde en ella.

Para transformar la soledad de un límite a un recurso debemos llevarla con nosotros sin dejarnos oprimir por ella, avanzando en su compañía y tratando de mejorar constantemente.

Viktor Frankl y su maravilloso ejemplo de soledad

Frankl nos ofrece su propio testimonio vital de este enfoque, en primer lugar, a través de su reacción ante la deportación nazi intentando dar un sentido incluso a esa terrible experiencia, proyectándola en el futuro en forma de mejora personal y enriquecimiento de su actividad de psiquiatra, para, entretanto, dedicarse a ayudar en todo lo posible a sus compañeros de infortunio, como explica en su conmovedora obra El hombre en busca de sentido (1946).

Frankl transforma la desesperada soledad de la deportación y de la pérdida de los seres queridos, como afirmaba Frieda Fromm-Reichmann, pasando de ser un muro contra el que chocar violentamente a un motor que empuja a avanzar.

sentirse solo

Sin embargo, el ejemplo más extraordinario es el que ofrece el ingeniero austríaco Heinz von Foerster, quien, tras la caída del nazismo, participó activamente en la reconstrucción de la ciudad de Viena no solo dirigiendo el restablecimiento de la red eléctrica, sino también como locutor de radio.

Todas las mañanas dirigía un programa en el que ofrecía testimonios importantes del renacimiento de la ciudad, entre otros del propio Frankl, quien explicó la terrible experiencia del momento de la deportación, cuando se despidió de su mujer embarazada, a la que nunca más volvería a ver, y recordó los angustiosos años transcurridos en el campo de concentración y la reanudación de su profesión de psiquiatra.

La emotiva historia del joven catatónico

Durante la transmisión del programa se producían llamadas telefónicas de los oyentes; así, mientras Frankl hablaba, llamó un joven pidiendo ayuda para su hermano, que permanecía inmóvil, catatónico y sentado en una silla del salón frente a la silla de su mujer, muerta dos días antes a causa de un ataque de apoplejía provocado por un enfisema pulmonar contraído durante su cautiverio.

El joven narró la triste historia: su hermano había sido deportado y, como Frankl, separado de su mujer. Cuando consiguió regresar a Viena, la estuvo buscando durante tres días entre los centenares de personas que volvían a la ciudad después de la deportación y la encontró vagando en estado de confusión. Los dos se recuperaron de la terrible desgracia. Arreglaron la casa y el jardín y programaron juntos su nueva vida feliz.

Pero el destino cruel acabó de golpe con esta felicidad recuperada: mientras desayunaban, la mujer murió a causa de un acceso de tos.

Una silla y una frase

Crying eyes

“Quizás tú hayas sido más desgraciado”. El joven reaccionó.

Tras haber escuchado esta historia, el gran psiquiatra decidió ir a ver al joven para intentar ayudarlo. Al llegar a su casa, cogió una tercera silla, se sentó a su lado y empezó a narrar su propia historia. Partió de la última mirada compartida con su mujer, desaparecida más tarde, y acabó el relato con estas palabras:

Quizás tú hayas sido más desgraciado que yo, porque yo la perdí una sola vez y tú dos”.

El joven catatónico reaccionó a la provocadora redefinición de su desgracia diciendo que Frankl era más desgraciado, porque ni siquiera había tenido la suerte de volver a verla, abrazarla y pasar algún tiempo de felicidad con ella.

El gran terapeuta, tras haber logrado acabar con la catatonia, formuló al joven una pregunta tal vez más conmovedora que su historia y redefinición:

“Si el buen dios te hiciera ahora el don de presentarte a una mujer con la misma mirada, sonrisa y movimientos, ¿la aceptarías?”. El hombre se puso en pie y, dando un puñetazo sobre la mesa, exclamó:

“¡Ella es insustituible!”.

Ese mismo joven colaboró luego con Frankl en la labor de los grupos de ayuda psicológica a las personas que habían sobrevivido a los campos de concentración nazis.

(Extraído de aquí)

1 comentario

  1. Hola. Soy Jorge. 68 años. Vivo en Mar del Plata, Argentina. Mi esposa falleció en 2017, mi hija en 2019, y mi otra hija en 2020. Las tres de cáncer. Tengo seis nietos, tres de cada hija. Pero viven en otras ciudades a 500 y 160 kms. Y queda mi hijo Fernando que vive en Fuerteventura y espera su primer bebé con su pareja. La pregunta es: si recomiendas alguien en mi ciudad para iniciar una terapia de elaboración de duelo y saber estar solo. Muchas gracias. Un saludo.

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