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A menudo los pacientes llegan a terapia con un requerimiento angustioso: quíteme el dolor tan insoportable que siento.

Tras una pérdida familiar o una separación –o traición–amorosa inesperada, el sufrimiento es devastador: Todo pierde su sentido y no existen energías para hacer nada, cualquier cosa supone un recuerdo que señala un vacío, las actividades diarias hacen de la cotidianeidad un verdadero infierno, no hay manera de parar de llorar. Solo la inercia nos mantiene en apariencia vivos entre los demás. Estamos muertos por dentro.

Pero con este tipo de dolor, para el que todos estamos biológicamente dotados para absorber, no tenemos remedio mágico que lo elimine, y no lo tenemos porque no existe, y porque el propio hecho de tratar de eliminarlo no haría más que revolverlo aún más y agudizarlo.

Porque como sucede con los posos del vino, la única manera de hacerlos desaparecer tras haberlos agitado es esperar a que se decanten, a que poco a poco, por el efecto de su propio peso, vayan cayendo al fondo y dejen de enturbiar el líquido.

Este proceso de decantación del dolor es completamente natural y, como dije, todos podemos y estamos preparados para superarlo. Sin embargo, a menudo complicamos el proceso precisamente porque nos negamos a pasar por él (¡quiero dejar de sufrir!¡ quiero dejar de pensar¡). Personas habituadas a mostrarse fuerte y decididas ante sus conocidos, o personas acostumbradas a verse protegidas ante el dolor, por los demás o por ellas mismas, son las principales víctimas. Las primeras, porque consideran el dolor una debilidad inaceptable, y las segundas porque se sienten incapaces de tolerar, por falta de costumbre, el más mínimo grado de dolor, que interpretan como una catástrofe insoportable de la que ya no se librarán jamás.

De este modo, unas y otras inician un combate para librarse del dolor en el que pierden constantemente –pensar en no pensar es pensar dos veces!–. Porque el dolor solo se vence pasando por en medio de él. Como un túnel oscuro en el que nos metemos y por el que avanzamos sin saber cuándo volveremos a ver la luz. “El dolor mata al dolor“.  Es sufriendo intensamente que dejaremos de sufrir. Evitar el túnel solo alarga y amplia su oscuridad.

Por consiguiente, las técnicas diseñadas para ayudar en estos casos jamás van encaminadas a eliminar el dolor a modo de pastilla que anestesie los sentidos, sino que por el contrario pretenden que el dolor se encauce y se guíe y constantemente se afronte. El terapeuta acompaña en el camino a través del túnel y se asegura de que éste no se evite, para que el proceso sea lo más limpio y corto posible.

La herida, así, comienza a cicatrizar.

Por otro lado, el dolor se debe a cuánto se ha querido, es una manifestación de amor. Solo puede ser inexistente si uno se ha sentido desapegado de alguna manera ya antes de la separación. Porque es una consecuencia inevitable de amar. Y más triste que no te quieran es no haber querido jamás.

Amar es siempre un riesgo. Pero como el amor y el riesgo van siempre aparejados, y no podemos controlar lo que sucederá, la única posibilidad de sobrevivir y continuar adelante es hacernos fuertes ante el dolor, no evitándolo sino concediéndonoslo. Lo que no me mata me hace fuerte. Esa es la única fortaleza verdadera.

“Que el dolor pase por ti como el viento y la lluvia sobre la hierba”

Pessoa.

Los poetas siempre han sabido cómo decantar el dolor.

Lee más sobre el dolor en “Coaching estratégico“, “Cambiar el pasado” y “Psicopatología de la vida amorosa” de la editorial Herder.

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