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A través de las expectativas esperamos de los demás (o de nosotros mismos) una serie de percepciones o reacciones que provienen de nuestra propia forma de percibir y reaccionar. Es decir, conocedores de como vemos y sentimos las cosas esperamos que los demás sientan y reaccionen del mismo modo en que lo haríamos nosotros. Pero teniendo en cuenta que cada uno tiene su propia historia personal y lleva consigo sus propias y únicas características biopsicológicas, esta espera que constituye la expectativa no tiene ningún sentido.

Expectativas: fuente de depresión

A pesar de ello, el problema de las expectativas como trampa mental sucede con mucha frecuencia, y lo habitual es que aquel que se ha hecho a lo largo de su vida la idea de lo que es justo espere que los demás (sobre todo las personas de confianza) lo vean desde su propio marco y sobre todo reaccionen en función a ese marco. De esta manera, la decepción es dramática e inesperada y la crisis inmediata y dolorosa, fuente de hecho de numerosos estados depresivos y frecuentemente de reacciones descontroladas de rabia.

Pero la expectativa también puede generar una fuerte decepción respecto a uno mismo, basta pensar en todas las veces que pensamos en cómo actuar ante una determinada situación y luego nos sorprendemos en el momento actuando de manera opuesta a la esperada.

Rigidez excesiva

El problema se genera por un exceso de rigidez, por la incapacidad de adoptar distintos puntos de vista  y de imaginar modos diferentes de pensar y gestionar la realidad.

A menudo el problema se origina además por expectativas tan elevadas que lo esperable sería precisamente que no se cumplieran y no al revés. Quien rígidamente trata de sostenerse con ideales elevados y extremos se coloca ante el precipicio de la autodecepción y la angustia del fracaso, y cuando este llega solo la flexibilidad mental y la reestructuración de creencias de nuevo podrán salvarnos del pozo de la depresión.

Dice Giorgio Nardone al respecto: “Nos aferramos con firmeza a convicciones y creencias que nos transmiten seguridad cuando en verdad no se trata solo de elecciones conscientes: la mayoría de las veces son posiciones adoptadas según percepciones y sensaciones no propiciadas por la razón sino por las emociones del momento o por la asociación, a menudo inconsciente, con experiencias precedentes. Por tanto, no basta con saber pensar bien para evitar caer en esta trampa mental”

Un sano ejercicio de flexibilidad

Es necesario observar la realidad a través de la mirada de los demás y evitar aferrarse a la propia perspectiva como si fuese la única y la mejor.  Nos advierte Paul Watzlawick: “La creencia de que la realidad que uno ve es la única realidad es la más peligrosa de todas las ilusiones”.

Y este ejercicio de flexibilidad debe convertirse en una constante  para evitar la tendencia natural de nuestra mente a esquematizaciones rígidas y a autoengaños cómodos que pueden complicar enormemente nuestra vida y oscurecer nuestra visión de la misma.

“Si eres flexible te mantendrás recto”, en palabras de Lao Tse, que añadía: “La dureza y la rigidez son las cualidades de la muerte. La flexibilidad y la blandura las de la vida”.

Para más información lee “Psicotrampas” (Paidós) de Giorgio Nardone y “Las caras de la depresión” (Muriana, Vertbitz).

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