Artículos destacadosEscuela de Palo Alto y WatzlawickFobia social, paranoia y deliriosMiedos, fobias y pánicoMiedo al ridículo

A un graduado en filosofía le falta todavía, para recibir el título, presentar la disertación. Pero esto le proporciona extraordinarias dificultades, con las que viene luchando inútilmente desde hace tres años.

Corría el mes de agosto y la universidad le fijó como plazo último y definitivo para presentar el trabajo la fecha del 15 de diciembre. Este hombre era el orgullo de todo un clan de pobres inmigrantes que veían en él, el futuro doctor, la justificación de todas sus privaciones y la culminación de todas sus nunca alcanzadas expectativas de la vida. Y todo esto provoca en nuestro joven, de una inteligencia superior a la media, que hasta ahora había venido cosechando continuos éxitos, un miedo extremo al fracaso, que se hacia notar de la siguiente manera: haga lo que haga, debe ser tan perfecto que no dé el más mínimo asidero para la crítica.

La obsesión por el control de la imperfección

Referido a la disertación quiere ello decir que debe prever de antemano toda posible o imaginable objeción y que debe citar todos los autores que han escrito sobre la materia. Cuando tiene dudas al respecto, pone una nota al pie para cuya redacción, y para que no lo pillen desprevenido, se ve obligado a leer un nuevo libro, en el que generalmente descubre nuevas conexiones con su tema, que todavía no ha tocado. Y así, la disertación adquiere desmesuradas proporciones.

En los tres años anteriores ha escrito ya casi 400 páginas que, a pesar de todo, solo abarcan tres de los ocho capítulos previstos. Comprende claramente que a este paso le será imposible tener concluido el trabajo en el plazo marcado. Se atormenta durante numerosas horas diarias clavado sobre la mesa o en las bibliotecas y no puede liberarse de la impresión de que los miembros del tribunal le están mirando por encima del hombro y están al odioso acecho de posibles errores u omisiones.

Prescripción para el miedo al ridículo

Fallan todas las intervenciones terapéuticas directamente referidas a su modus operandi. Al final, se le indicó que, hasta la próxima sesión terapéutica, actuara a ciencia y conciencia en público haciendo el ridículo, aunque de la forma más inofensiva que le fuera posible. Como ocurre siempre en tales intervenciones, también aquí la solución hasta entonces intentada era la meta de la prescripción de comportamiento, es decir, la angustiada evitación de todo imaginable ridículo, que era la verdadera causa responsable de aquella su acribia, que crecía como la espuma.

El relato de los efectos

He aquí el relato, copiado de la grabación magnetofónica, de nuestro joven sobre el efecto de esta intervención:

La primera vez fui a un restaurante mexicano y pedí un egg roll. Y añadí: “Es una especialidad mexicana, ¿no?” Tuve que hacer acopio de valor para seguir adelante, pues el asunto me resultaba extremadamente penoso. La segunda vez fui a una calle, cuyo nombre conocía y pregunté a un transeúnte dónde estaba aquella calle, pero entonces ya no me resultaba tan penoso y no tuve que esforzarme tanto.

A medida que iba aumentando estas estúpidas preguntas, me iba resultando más fácil y, ¡ah!, fui viendo cada vez más claro con cuánta seriedad me tomaba a mí mismo y qué ridículo es esto [breve risa] y, ¡ah!, soy hombre caviloso por temperamento y he especulado muchas veces hasta qué punto esto tiene relación con mis dificultades personales, con mi vida, mi pasado y mi infancia, etc; pero, de lo que realmente se trata: me tomo demasiado en serio y ahora ya lo hago menos. (…) Fue un excelente ejercicio para mí, comencé a tomarme menos en serio y a preocuparme menos de si producía buena o mala impresión…

El Lenguaje del Cambio

(Extraído de aquí)

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