Duda patológica y obsesionesTrastornos psicológicosObsesiones: las consecuencias más funestas del diálogo interior

En la psicología del individuo, la necesidad de certeza es algo que va más allá de los dominios del pensar y anida dentro de las emociones primordiales. Por lo tanto, el intento de controlar nuestros temores más arcaicos mediante procedimientos racionales fracasa miserablemente. Como decía Ciorán: frente a ciertos miedos “los argumentos de la razón resultan tan ineficaces como los subterfugios de la esperanza“. Además, ese intento de usar la razón para gestionar sensaciones y emociones que se activan a través de canales perceptivos y reacciones psicofisiológicas no mediadas por la corteza cerebral, sino por el paleoencéfalo, hace que el miedo, en lugar de reducirse, aumente hasta convertirse en pánico.

Este fenómeno no solo ha sido descrito por los pacientes desde un punto de vista empírico, sino que también ha sido observado gracias a las mediciones en laboratorio de las actividades cerebrales sometidas a impulsos aterradores, que muestran que las primeras reacciones fisiológicas de miedo son mediadas por estructuras subcorticales y, asimismo, que la reacción de pánico solo brota tras la activación de la corteza cerebral.

Esta paradoja no parte normalmente de una experiencia directa vivida como espantosa, sino de dudas hipotéticas sobre lo que podría suceder, hasta provocar la cadena de intentos de control que conducen a la pérdida de control. Dicho de otro modo, el sujeto, al plantearse un interrogante sobre cómo prevenir o evitar una reacción temida ante cierta situación, comienza a razonar buscando respuestas tranquilizadoras a su duda de poder superar la condición indeseada. Desafortunadamente, actuando de este modo crea una serie de preguntas y respuestas nunca suficientemente tranquilizadoras, enredándose en el propio laberinto interior.

Pensar en no pensar es pensar el doble

Un segundo mecanismo atormentado es el que se pone en marcha con la voluntad de rechazar racionalmente pensamientos intrusivos turbadores de la tranquilidad mental. Como indica la sabiduría antigua: “pensar no pensarte ya es pensarte“. Así que de nuevo estamos ante una paradoja: desearíamos borrar de la mente los pensamientos que nos afligen, pero cuanto más los combatimos e intentamos expulsar de nuestra mente, más resuenan en la cabeza. La trampa del pensar en no pensar puede afectar al pasado, presente y al futuro (lo ya hecho y que no podemos cambiar, las dudas de lo que hacemos en el presente y las preguntas sobre los riesgos y beneficios de lo que está por hacer). Las complicaciones posibles son casi infinitas.

Otra variante se activa con la exigencia de suprimir dudas y obtener respuestas respecto de la posibilidad de convertirse en algo indeseable, de poder realizar actos contrarios a los propios valores y convicciones, o con la exigencia de obtener la certeza de que las propias decisiones sean irreprochables para cualquiera. La duda provoca la búsqueda de una respuesta mediante los criterios de un procedimiento racional, que resulta incapaz de resolver las dudas. Esta disputa entre cuestiones irresolubles y respuestas que no logran tranquilizar provocan un laberinto mental capaz de generar, como en los casos anteriores, un sufrimiento extremo.. De nuevo estamos ante una peligrosa trampa, la de tratar de buscar respuestas correctas a preguntas incorrectas.

Solución a la duda  y las obsesiones

El antídoto para las perversiones de la inteligencia es una inteligencia estratégica que incide precisamente en la dinámica de la duda y crea interrogantes orientados a anular los dilemas sin salida. La solución se encuentra en la anulación del problema y sus matrices, no en la búsqueda de respuestas resolutivas. Como afirma Cioran: “Toda obsesión se satura de sí misma“.

Vencer sin combatir es la estratagema esencial para afrontar todas las situaciones alimentadas por los intentos de anularla, como la duda patológica.

Poniendo en discusión la corrección de las preguntas puede bloquearse el círculo vicioso de la búsqueda de respuestas correctas a preguntas incorrectas.

El inteligente da respuestas correctas, el sabio plantea las preguntas adecuadas.

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