Artículos destacadosOtros trastornosTerapia EricksonianaErickson y el hombre que maldecía su vida

Un hombre fue llevado en silla de ruedas hasta Erickson con los brazos y las rodillas sujetas a la silla. Estaba furioso y maldecía haber pasado los últimos once años paralizado por una dolorosa artritis. Solo podía mover la cabeza y, ligeramente, un pulgar. Era completamente dependiente de su mujer, que lo vestía, lo sentaba cada mañana en su silla de ruedas, después le daba de comer y lo acostaba por las noches. Durante todo ese tiempo, él siguió maldiciendo su desdichada vida.

El hombre se fue a su casa completamente decidido a salirse con la suyaLas palabras de Erickson fueron sencillas y certeras. Reprochó al hombre su falta de movimiento:

¡Tienes un pulgar que se mueve! ¡Y más te vale que se mueva! ¡Ya puedes ejercitar tu puñetero pulgar cada día para pasar el maldito rato!

El hombre respondíó desafiante al consejo médico de Erickson, al que le quiso demostrar que podía menear el maldito pulgar todo el día y toda la noche, y toda la semana y todo el mes, y que finalmente ¡no serviría de ninguna maldita ayuda!

El hombre se fue a su casa completamente decidido a salirse con la suya. Pero, al ir ejercitando su pulgar, notó de repente un movimiento en su dedo índice, el dedo con más probabilidades de verse afectado por el movimiento del pulgar. A medida que iba desarrollando los ejercicios, pudo mover más dedos. Quedó fascinado por este hecho. Cada nueva señal de progreso lo mantenía ocupado en averiguar cuántos pequeños movimientos más podría lograr con sus dedos. Después, fue capaz de mover la muñeca y, finalmente, los brazos.

Estos ejercicios se convirtieron en su método para pasar el rato. Un año después de su primera cita, Erickson le encargó la tarea de pintar una pequeña cabaña. El hombre respondió con palabrotas y le replicó a Erickson que, si tuviera algo de sentido común, no mandaría pintar una cabaña a alguien con movimientos tan limitados. Erickson se mantuvo firme.

El hombre era capaz de soportar ese estado intermitente de postraciónLa tarea le llevó unas tres semanas. Hacia el final del verano aumentó su velocidad y fue capaz de pintar un dúplex de estuco en una semana. A raíz de estas hazañas, consiguió un empleo como conductor de camiones. A continuación, decidió que debía formar parte de una cofradía y pronto fue elegido presidente de esa orden.

Durante su tratamiento con Erickson, el hombre pensó que necesitaba una formación universitaria y fue a la universidad.

Algunos síntomas de la grave artritis del hombre persistieron. A pesar de esta situación, explica Erickson:

Espera con ilusión la temporada de lluvias y esos tres a siete días durante los cuales tendrá que guardar cama con una dolorosa artritis.

El hombre era capaz de soportar ese estado intermitente de postración porque le daba oportunidad de ponerse al día en la lectura de buenos libros que quería leer. En lugar de considerarla como una recaída, la artritis residual se equiparaba a sus vacaciones. (Erickson, 1957).

 

La hipnosis

(Extraído de aquí)

 

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