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La dismorfofobia, es decir, el miedo obsesivo al propio aspecto físico, es un trastorno con el mismo sistema perceptivo-reactivo que los demás trastornos fóbicos obsesivos.

La persona se concentra y obsesiona en un defecto, en alguna particularidad física, y a partir de entonces vive absolutamente atormentada, evitando ver su imagen en el espejo y ocultando su defecto también a los demás, por más insignificante y pequeño que a estos les resulte.

Pero, ¿qué esconde esta fijación sobre un defecto, la mayoría de las veces absurdo?

A menudo se relaciona con problemas de relación con los demás y una muy profunda inseguridad.  La mente se agarra a un defecto estético para explicar los fundamentos de estos problemas y mantiene la ilusión de que, una vez suprimido o modificado, todo volverá milagrosamente a su lugar (Nardone, Portelli, 2005).

Así que la mente comienza también a fijarse obsesivamente en la solución de la cirugía estética, como único modo de salir de un insufrible autorrechazo.

La cadena de defectos

Pero entonces cae en una trampa, porque corregir un defecto no hace más que desencadenar una interminable concatenación de necesarias correcciones.  Es decir, como la cirugía no puede corregir el problema de fondo, la aludida inseguridad, el corregir un defecto físico no hace sino despertar la fijación por uno nuevo, en el que  no se había reparado hasta que se corrigió el anterior.  Cada defecto corregido y salvado genera el nacimiento de una nueva e insoportable monstruosidad. Así, la propia solución se convierte en el problema y se pasa de la ilusión de estar controlando el problema  –mediante la extirpación quirúrgica– al descontrol total real, con una creciente necesidad de calmar el pánico que genera cada nuevo defecto descubierto. Una intervención llevará a otra y ésta a otra más, y así hasta el infinito.

Esta dinámica patológica explica cómo muchas celebridades han llegado a deformarse inexplicablemente el rostro hasta convertirse en seres absolutamente (y terroríficamente, en muchos casos) irreconocibles. Seguramente varias caras de famosos estarán siendo evocadas ahora mismo en la mente del lector.

Tratamiento

En el tratamiento de este trastorno tan emergente actualmente (debido a la fijación obsesiva actual por el aspecto físico y la posibilidad de modificarlo con técnicas cada vez más avanzadas), requiere de nuevo de una buena dosis de persuasión y conocimiento del diálogo estratégico. El paciente necesitará sentir (no solo saber), mediante este diálogo persuasivo, que con cada nueva intervención solo conseguirá sentir más rechazo y más miedo, como si abriera infinitas matrioskas rusas que desvelan nuevos y desesperantes horrores.

La única forma de parar la escalada de terror será la de detener la cirugía y aprender, con técnicas estratégicas diseñadas ad hoc para superar el miedo al propio aspecto físico, a controlar la obsesividad, mientras que se solucionan los problemas de tipo relacional asociados.

No podemos olvidar que una solución que sirve, si se utiliza repetidamente se puede convertir ya  en un problema. Ni tampoco la advertencia de  Mario Benedetti al respecto:

“La perfección es solo una pulida colección de errores”

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